Desde principios del siglo XXI, el término “wokismo” ha ocupado un lugar importante en los debates políticos, académicos y mediáticos. Proveniente del argot afroamericano, “woke” significaba en la década de 1940 un estado de alerta frente a las injusticias raciales y a las diversas discriminaciones que de ellas se derivaban, especialmente en la sociedad segregacionista estadounidense. En la década de 1960, esta noción se inscribe en las luchas por los derechos civiles. Los activistas negros, así como los movimientos feministas y pacifistas, se apropian de esta vigilancia. Gradualmente, lo que era solo un eslogan militante se transforma progresivamente en una ideología estructurada. En Francia, Régis Debray, en su “Modeste contribution aux discours et cérémonies officielles” (1978), había anticipado esta mutación, denunciando los “derechos del hombre blanco” como una ficción universalista que encubría una dominación occidental. De hecho, el wokismo ha evolucionado como una ideología que cuestiona el universalismo abstracto de la Ilustración, a favor de un particularismo militante. En la década de 2000, la expresión “Stay woke” regresa con fuerza a través de las redes sociales, especialmente a partir de 2013 con el movimiento Black Lives Matter. El mundo intelectual estadounidense queda inmerso inmediatamente en un wokismo eufórico que se convierte en el alfa y omega de la nueva sociedad intelectual. Sin embargo, lo que pretendía ser un instrumento de emancipación se convierte paradójicamente en contra las minorías mismas. Surge un antiwokismo que, lejos de limitarse a criticar los excesos de aquel, al radicalizarse se transforma en un arma política de estigmatización de las minorías.
Desde la reacción hasta el arma política
El entusiasmo de la década de 1960 por la filosofía francesa de deconstrucción, el surgimiento de los Estudios Culturales en la década de 1980, hasta la implementación de políticas de acción afirmativa en la década de 2000, han marcado el lento giro de los círculos progresistas desde una lógica defensiva (proteger a las minorías de las discriminaciones) hacia una lógica ofensiva, destinada a revertir las estructuras sociales heredadas del pasado que perpetúan las injusticias (heteronormatividad, legado colonial…). Sin embargo, las consecuencias sociales de la globalización y el aumento de las desigualdades en la mayoría de las sociedades occidentales han polarizado los debates en torno al wokismo: a medida que proporcionaba a las clases altas educadas una nueva gramática moral, aparecía para una creciente parte de las clases populares como una ideología impuesta por las élites, desdeñosa hacia su cultura y tradiciones. Especialistas como David Goodhart han identificado esta fractura entre las “anywhere” (élites cosmopolitas móviles, tituladas y globalizadas) y las “somewhere” (poblaciones arraigadas a sus territorios, a menudo desclasadas). Esta polarización ha dado lugar a una estrategia de reconquista cultural por parte de grupos conservadores, abriendo un camino para políticas de nacionalismo identitario y el desmantelamiento de políticas de diversidad e inclusión, entre otros cambios.







